Las tarjetas de crédito son ridículas
Lo menos que puede llegar a ser la vida de un poeta es irónica. Por lo regular siempre pasa que, después de despreciado, olvidado, vituperado, abandonado y muerto, la gente que le mal recordaba se disputa sus derehos sucesorios como si en verdad les importaran.
También pasa que se convierten en objetos de moda, inspiración para gente sin idea de lo que sintió o quiso dar a entender en su momento aquella persona que, con más pena que gloria, pasó por el redondo mundo.
Hace relativamente poco tiempo me enteré que eso mismo que les cuento le pasó a alguien que quiero mucho desde hace tiempo. Ese alguien, videntemente, es Fernando Pessoa, un poeta portugués que murió en 1935 de cirrosis hepática.
Pessoa nunca tuvo mucho dinero durante su vida, de hecho, e ganaba la vida escribiendo textos cortos, y en algunos bares le ofrecían bebidas a cambio de escribir poemas. No fue debidamente apreciado por nadie en su época, incluso por él mismo. De hecho, de toda su vasta obra – que sigue sorprendiendo a nivel mundial por lo extenso y profundo-, él solamente vió publicado el libro que llamó ‘Mensagem’, que era algo así como una oda a la historia de Portugal.
Supongo que precisamente por esto, o por que uno de sus heterónimos, Bernardo Soares era tenedor de libros -algo así como auxiliar contable-, o por que es un excelente gancho para un sector específico de la población, un banco portugués decidió sacar una serie de tarjetas de crédito llamada ‘A Palavra’, que tiene como característica llevar impresas frases de este gran creador lusitano.
Cuando me enteré de eso la verdad es que no supe qué decir. Por un lado -el lado purista que todo mundo tiene- pensé que era una ofensa a esa alma noble que prefirió consagrarse al arte que vivir una vida fútil, como lo apuntara uno de sus heterónimos más famosos, Álvaro de Campos.
Por otro lado, también razoné que de esa manera mucha más gente conocería y se interesaría por la obra inmortal de Pessoa. Suena bien, aunque sería injusto y tardío, por que en su momento no se le consideró…
Como suele suceder, esta disertación me llevó a otra más: la gente que obtenga este objeto por moda, por formarse un estilo, ¿será el público al que Pessoa esperaba agradar con el sacrificio de su vida, del amor de Ophelia?
Me entristeció porfundamente esta conjetura. Muchos falsos intelectuales se podrán colgar de eso para tratar de ser como Pessoa por el hecho de portar una tarjeta de crédito con una frase suya, como si se tratase de la tarjeta de un club de fútbol. ¡Qué triste destino para un genio!
Medité acerca del futuro, bueno, de mi futuro como escritor. ¿Quiero esa fama inútil, que me haga un objeto, o quiero encontrar a mi lectora (que ya encontré- a costa de que nadie más se entere de que algún día canté la canción del mundo en un gallinero? ¿Qué es lo correcto?
Por suerte soy un tipo poco racional y decidí hacer tres cosas. La primera, seguir escribiendo poesía solamente para mi lectora, para que sus ojos sientan los versos que escribo para ella y por ella.
La segunda cosa será escribir obras de teatro para consumo infantil y juvenil, cosas que detesto profundamente, pero que pueden dar ese sucedáneo de éxito momentáneo, por que en este país no se requiere de calidad para escribir, sino de darle los pinches y las mentadas de madre que necesita el gran -jajajajajaja- público -es decir, la ranfla de burócratas que reparten el dinero de los impuestos- para ser ‘una joven promesa de los escenarios nacionales, llamados a formar parte de la pléyade de la dramaturgia mexicana’ -pero es que no me aguanto la risa, jajajaja-.
La tercera cosa es seria y profunda. Escribiré a Lisboa solicitando que se me envíe mi tarjeta de crédito ‘A cartao’, que no me servirá de nada de este lado del Atlántico, pero que será un homenaje sencillo e inútil a quien, sin saberlo, me ha dado tanto.

Bueno…creo que la vida no solo se ríe del poeta, si no que además se burla, lo humiila, lo hace como de le da su gana…que le hacemos…lo curioso del caso es que si esas tarjetas -las de Pessoa- hubieran salido en los años en Que Fernando Pessoa vivía de seguro éste no hubiera sido portador de una, la razón es muy sencilla, los poetas no somos sujetos de crédito. Es decir, de confianza para un banco.