Una carta
Como es costumbre, como casi todo lo que tengo, para Aída.
Pienso demasiado rápido. A veces, cuando pienso, cosa que no hago muy seguido. Me atrapan meditaciones breves, trascendentales en el momento y que después sólo son silbidos del viento que corre por mi cabeza como si tuviera un lugar a dónde ir.
La conozco a usted, o eso creo. Al principio no podía soportar su alegría de siempre, su calma, su paciencia en todos los aspectos. Danza en un baile que no le es grato y, sin embargo, lo disfruta como si en verdad estuviera en ese lugar en el que sueña.
Por cierto que siempre he querido preguntarle si sueña, qué sueña. No cuando llegue el futuro, ni cuando cierra los ojos -ojos profundamente hermosos, siempre lo he pensado y alguna vez creo habérselo dicho-. Lo traté de interpretar en dos mil poemas y en los abrazos, siempre estrechos, que le da mi alma a la suya.
No lo sé, no me atribula, pero me gustaría saberlo. Conocer la música que interpreta en silencio, la mirada que va más allá de donde mi corto alcance como escritor puede llegar. Serena ese fuego de mis ojos, siempre, lo hace acabar.
Es capaz de sorprenderse y eso es siempre bueno. Crece rápido y no se da cuenta, no sabe cuán difícil es llegar a ser como ella, concreta y decidida, pero también paciente y estar siempre allí, como esperando sin ubicar bien qué.
Ella sabe que lo sabe todo y no disimula, mira con comprensión sutil a quienes como yo no sabemos andar un paso sin sentirnos terriblemente tristes por dejar el lugar en el que estábamos.
No sé muy bien qué va a pasar en el futuro, ni si estaré con ella, como prometí, para siempre. Hoy estoy aquí y, ya que la estrella de mi tristeza se ha marchado al infinito, no me queda más remedio que ser feliz.

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