Los recuerdos
Los recuerdos pueden contarte mentiras. Nada más cierto. Pertenecen a esa parte del desvelo que a veces previene de despertar totalmente al alma que se siente muy cómoda allá, lejos, donde no aparecen los fríos modos de la vida cotidiana. Pasa el tiempo y una imagen cualquiera, dispersa en la memoria cobra una importancia mayúscula.
Ya no tienen relación con lo que pasó, y en la vida ocupan cada vez más espacio, tanto que a veces nos distraen de vivir. Las caras, los gestos, los rechazos y las breves victorias -esos momentos de felicidad breve que se destacan entre la grisura de los demás actos-, cada vez son más una ensoñación, un delirio que se nos aparece en las noches, en el café que se mantiene frío, como una bandera sembrada en el campo lejano…
Las calles me hablan de gente que no reconozco. Me cuentan historias, cambian su rostro por el de aquella gente tan querida que ya no está -no por que haya muerto, sino por que poco a poco han dejado su lugar en la puesta en escena de mi vida.
Triste, les dejo en garantía de memoria un lugar, una calle, una esquina o un clima específico; a veces, también una canción o una palabra. Todo tiene sus complicaciones. Ahora me es difícil decir algo sin que me remita a un recuerdo de hace poco o mucho tiempo, ahora todo tiene un significado distinto al común y, sin embargo, con ser triste me hace feliz.
Vivo en esta realidad alterada por mis propias historias. Nada haré sino recordar y soñar, pero, además, ¿qué otra cosa haría?

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